viernes, 8 de febrero de 2008

El avión



Cuenta aquella que me domina que cuando su hermanastra llegó a casa, los hermanos la rechazában sin pausa ni diferencia. La hermanastra solía pasar mucho tiempo sola, ella también pero por razones distintas (en realidad se escondía, no sé si la otra hacía lo mismo). Mi dueña tiene una viva imagen de aquella pasando días enteros como al acecho… Presumo que, en algún momento, veía la oportunidad, alguna evidencia, y entonces se acercaba a ella con una cierta voluptuosidad y una sonrisa en la cara, interrumpía lo que mi donna estuviera haciendo y le contaba su vida. Mi doña ( le llamo de modo distinto porque solemos jugar a eso, a reinventarnos con los nombres) se asombraba, y lo hacía porque nunca pudo deducir qué le había hecho pensar que le apetecían sus historias (como en efecto le apetecían). ¿Por qué se las contaba, y no al resto de las hermanas?
Como era mucho mayor que Sonia (ese es el nombre de quien me domina y manipula, aunque he de de decir que no es su nombre verdadero, la verdad, el suyo me disgusta), le refería, entre risas y rubores, las “cositas” que hacía con su prometido en Bogotá. De esa parte de cada cuento, poco entendía Sonia ---estaba aún en la etapa en la cual el otro sexo es menos algo apetecible que una cosa en contra de la cual hay que emprenderla--- aun así, ella no dejaba de rematar sus relatos con la misma frase: ... pero lo que más me gustaba era el avión... ¡mmm! el avión. Para mi dueña, aquel asunto del avión era un misterio, pero no se atrevió nunca a preguntarle.
Tiempo después ---y según el juicio de su padre siendo todavía una niña--- Sonia abandonó el hogar y alquiló un apartamento sola. Necesitaba demarcar su espacio, cortar el cordón umbilical. Con tristeza, una tarde, debió admitir ( así me lo contó) que Alicia, la mayor de sus hermanas, no le acompañó en su aventura ---me lo dijo con una gravedad que traslucía la traición--- más bien la hermana procuró devolverla al redil confesándole cómo la hermanastra le había referido también a ella sus peripecias en Colombia; acabó diciéndole a mi donna: Usted y yo no tenemos por qué echar en falta esas correrías. Sonia pensó que, después de todo el alboroto que había formado, no podía dar marcha atrás. Sonia se encontraba urgida, pues, por un deseo de saber, de vivir la vida por sí misma.
Sonia no se arrepiente de nada ---menos mal, de otro modo yo sería algo así como una potencia no consumada, una especie de desperdicio--- y menos aún puede ser acusada de inconsecuente. Cada uno de sus actos (lo sé de sobra) responde a razones que jamás se ha ocupado en compartir con nadie. Sí, eventualmente cejó en sus empeños y contrajo matrimonio con hombres que le dieron mucha seguridad y espacio (cosas que sólo hallaba con hombres maduros); no obstante, la ilusión de tranquilidad que presidía aquellos enlaces era disipada por la rutina, y al no conseguir las respuestas adecuadas, al romperse el adulto e íntimo acuerdo, lo mandaba todo al carajo y comenzaba de nuevo (conmigo).
Su padre opina al respecto que Sonia es presa fácil de bajas pasiones –--opinión en la que coincide su hermana, pero en términos mucho más duros---, por ello no debería suscitar asombro alguno el número de sus amantes. Y aunque en el curso de su vida ha tropezado con virilidades asombrosas, ninguna de ellas, ninguna, ha logrado descubrirle los deliciosos placeres aeronáuticos de su hermanastra. Ha de ser por eso que reposo lánguido, descargado y satisfecho en la mesita de noche de su cuarto.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Novissimus Ars Amandi (De los poemas apócrifos de Helene Cixou)





Se agradece a los hombres levantar la tapa antes de hacer lo suyo.

Merci beaucoup.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Eva restricta



Una vez hechas las averiguaciones y concluidos los interrogatorios, mi padre decidió castigarnos. A mí, me expulsó de su casa y suspendió toda clase de prerrogativas, me dijo: “En adelante, te ganarás el pan con el sudor de tu frente”. A Eva le dijo cosas peores. Ahora, es la dueña del dolor. Con todo, lo bueno es que hemos nacido a otra vida. Pero a Eva cualquier cosa le duele.

lunes, 27 de agosto de 2007

Epifanía

Cuando se abrió la puerta del ascensor, un hombre de estatura muy pequeña, y gordo como un saco de agua, nos preguntó si estábamos subiendo. Nosotros cruzamos unas miradas de inteligencia, y sonriendo muy discretamente le hicimos entender. Él se sonrió también y exclamó: ¡Qué bruto! Si estoy en el último piso. Se acomodó entre nosotros, al tiempo que la puerta se cerraba tras él; y, no sin estupor, advirtió, al darse la vuelta, que continuábamos subiendo ---el edificio se abría al cielo, espléndido como un tulipán, y dejaba ver, sólo para nosotros tres, el maravilloso suceso. Tiempo más tarde, reparé en el alcance y significado de aquella travesura. Hallándome solo dentro del mismo ascensor, y una vez que el aparato hubo llegado a la Planta Baja, al abrirse las puertas, una joven de presencia fascinante, formas rotundas apenas contenidas por su piel de fina seda y ojos resplandecientes como el ámbar, me preguntó: ¿baja? Yo procuré inhibir mi primer impulso, no obstante lo cual me quedé de pie frente al tablero, y con los ojos puyúos --- esto es, anticipando los ardores y oscuros gozos que nos aguardaban en ese abismo de candela deliciosa al que habríamos de precipitarnos--- le contesté: Sí, cómo no, pase adelante.

sábado, 11 de agosto de 2007

Modestia aparte




Su mujer ha montado en cólera y no le falta razón. Aunque nadie puede asegurar que está fuera de sí, Gonzalo advierte en su mirada esquiva, en la expresión pétrea de su rostro, en el gesto duro de su frente, en la línea finísima de sus labios, las señales inequívocas de su suprema arrechera. Si bien estaba ya acostumbrado a tal circunstancia ---no tanto porque su mujer fuese particularmente volátil, sino porque él era bastante romo y lerdo--- había algo que le decía que esta vez era diferente. La fiesta transcurre sin novedad, los amigos liban sin descanso el whisky doce años que Gonzalo les brinda… El buen Gonzalito, el pana Gonzalacho, el casi pendejo, si no fuera por su doctorado y el sueldazo que se gasta en El Norte como profesor de una universidad de nombre impronunciable.

¡Quién lo diría! El mismo Gonzalo que una tarde de verano lanzó altísimo una pelota y pronunció en éxtasis el número 7 mientras todos los demás echaban a correr como endemoniados a la espera del seco comando ¡STOP! que daría inicio al juego, Augusto fue el primero que detuvo su carrera y estalló en carcajadas porque el STOP nunca llegaría: era ese el número de Gonzalacho, ‘ñoelamadre… Y apenas los demás lo advirtieron también, un coro de risotadas le dejaron saber que debía detener su frenética carrera, para voltearse y verlos revolcándose y llorando de la risa, como siempre lo han hecho cada vez que recuerdan el episodio.

La risa siempre ha sido la vía de escape de Gonzalo, provocarla como quien lanza una cortina de humo, hacer creer que uno se burla de sí mismo, que lo hace a propósito: hacerse el borracho para esconder que estás chapeto con la quinta cerveza; hacer el payaso para que no se burlen de ti, pues no sabes jugar béisbol con pelotica de goma o te da culillo meterte pa’ lo hondo en la playa. Pero esto ahorita no ha sido una payasada, aunque todo el mundo la ha recibido como tal: Gonzalito, el ocurrente, ¡qué bolas, Gonzalo! Augusto escupió el whisky en una cascada fina que acabó en una risotada, como siempre: ‘ta buena esa, Gonzalo. Y él… sin saber, sin enterarse.

¿Cómo no decir, entonces, que Gonzalo es un tipo supremamente torpe? ¿Cómo hacer ahora? Su mujer está enojada, de eso no cabe duda, pero hay que detener la fuga, una vez más, y leer el coro de carcajadas, interpretar la algazara. Coño, la respuesta más natural era hacer acto de modestia, pero la cosa no pega, ¡Ah, carajo!… ¿Por qué esa otra maldita costumbre, tan impenitente como la torpeza? Augusto dice que se complementan: la cara de perplejidad (de estúpido y fingido asombro) que Gonzalo solía poner cada vez que le entregaban la máxima nota del examen en el cual todos los demás salían miserablemente raspados. Esa cara se corresponde perfectamente con lo demás, porque Gonzalo, a fin de cuentas, lo que deseaba mas que nada era ser aceptado por el grupo. Así, su sobresaliente inteligencia no era más que buena suerte, y merced a ello, modestia obliga, fue pura suerte muchachos... Pero está claro que esa vaina no funciona todo el tiempo, Gonzalo, y la arrechera de tu mujer así lo atestigua. Tu mujer, muy oronda, ha dicho que tiene buena mano ---como colofón adversativo de una plática acerca de cómo los maridos engordan después del matrimonio. Y no está bien, entonces, que tú digas en un arranque de modestia que tú no… Tú no tienes buena mano. Gonzalo, coño, que las palabras no se pueden recoger como quien junta los trozos de un jarrón que ha estallado en el suelo. Mejor, piensa lo que vas a hacer después de que todos nos vayamos, envidiando tu suerte de 75 mil dólares anuales, tu hado de Tenure Track Professor, así… en un inglés mal pronunciado y con mayúsculas… Ve a ver qué dices, Gonzalo… No puedo dejar de pensar en ti, Gonzalo, porque de vuelta a la casa, Augusto me dice que menos mal que todo sigue en su sitio, tú allá y nosotros de este lado sosteniendo el mundo tal como se conoce, suspirando aliviados y muertos de risa… Si Gonzalo sigue siendo Gonzalito, entonces nosotros seguimos siendo nosotros, ¡qué alivio!

lunes, 30 de julio de 2007

De retazos y veleidades



Asdrúbal está hecho de retazos y veleidades. Lo primero que escuchó en su vida fue “tiene la nariz de su padre”, al tiempo que alguien más agregaba: “y la boca de su madre”. Asdrúbal, desde siempre, se ha mostrado incapaz de decir nada original. Usualmente, se rodea de gente ingeniosa y ocurrente. Con ademanes estudiados las halaga, y luego, con esmero, copia y reproduce frases y actitudes, pero sobre todo los chistes. Su ascenso ha sido meteórico, la prolijidad de su plan intachable. Al cabo de poco tiempo ha sido recibido en los más selectos círculos de la ciudad, y considerado, además, como uno de los tipos más inteligentes y combativos; claro, con ese inagotable repertorio de gestos ajenos y ese verbo fácil para la arenga y el insulto... Como un voraz animal ha estado fijando su atención en cuanta ocupación o negocio pueda saciar su ánimo diletante. Recientemente, ha parado mientes en el desarrollo de una carrera como alto funcionario del poder popular ---acaso sea una promesa de señorío, de preponderancia lo que lo tienta, embriaga y afana. Ahora, no para de hablar de la visión holística del hombre y la naturaleza, del fin de las ideologías, la justicia social, los precios del petróleo y los indicadores macroeconómicos. Con una inefable erudición de crucigrama aporta su inmensa sapiencia en la solución de los problemas del país y se siente parte perentoria e indispensable del proceso. Y sobre todo, hoy más que nunca, habla tan sólo en primera persona.

miércoles, 18 de julio de 2007

Salvatore y el sexo



Salvatore era un viejo amigo de mi hermano mayor. Hablaba siempre con voz pausada y modales delicados. Un día cualquiera, me comentó que jamás se había acostado con mujer alguna. Le pregunté, sutilmente, si era homosexual –bueno, no sutilmente, más bien con asombro, con urgencia y no poco estupor; y recalcó que no se había acostado con n-a-d-i-e. El tema sexual era apenas la punta del iceberg de su inane existencia. A todas estas, yo me preguntaba qué podía ver mi hermano de interesante en él, Salvatore era un tipo gris –esa es una imagen muy socorrida, pero de momento es la única que me sirve, aunque puedo agregar que Salvatore parecía vivir aquejado de aburrimiento: se contentaba complaciendo a los demás, realizando las tareas corrientes que ninguno quería hacer y parecía pasarse la vida tan callando. Luego, al conocer mejor a Salvatore, advertí que mi hermano apreciaba en él su plática amena y vibrante, su inteligencia dispersa, su agudeza y ese raro sentido de la observación que faculta a ciertas personas a emitir juicios de otras sin marrar en lo que dicen y ofrecer consejos oportunos y atinados; pero por encima de todo destacaba una deliciosa habilidad para contar historias, las cuales montaba con rapidez y sin esfuerzo para ilustrar sus razonamientos.

Por otro amigo de la universidad, me he percatado de que la compañía de Salvatore es codiciada por muchos en Valencia, pero de un modo extraño porque en el fondo nadie admitiría que era chévere andar con él, nadie concedería en público que lo contaba entre sus más allegados –sobre todo entre los de mi especie… Me pregunto quién puede ser el valiente y seguro de sí mismo capaz de decir: me fui a tomar un café con Salvatore, que no una cerveza, sin sentir que estaba revelando un caro secreto, una tara vergonzosa.

Una tarde, mientras platicábamos, Salvatore sacó de nuevo a cuento el tema aquel de la virginidad. Le recomendé que visitara a un psiquiatra o a un terapista –la verdad, porque no me vi a mí mismo llevándolo a la azotea de Hotel Camoruco, como quien inicia a un carajito, me asaltaba una especie de incomodidad pensando en que luego debería ofrecer alguna explicación a las putas, habida cuenta de mi condición de habitué del sitio, y tomando en cuenta los delicadísimos modales y la voz levemente aflautada de Salvatore.

Supe después que, a pesar de todo, el hombre seguía tan asexuado como siempre –digo a pesar de todo porque me contaron que alguien sí tuvo la valentía de llevarlo a un lupanar cosa a la que se negó categórico. Por un azar cualquiera, –en el que el extraordinario poder de persuasión de mi hermano tuvo que ver– Salvatore fue a dar a manos de un terapista de línea dura quien, felizmente para muchos, tenía por norma el uso de facilitadores sexuales –algo así como hetairas, pero menos sabias quizá, y más sabrosonas. El caso es que cuando a Salvatore le tocó su sesión de taller sexual, el terapista se frotaba las manos pensando que había logrado redimir el sexo apático de su paciente, pues la sesión se prolongaba por espacio de horas y horas. Entonces, una vez que hubo esperado un tiempo prudencial, el terapista se aventuró a espiar cuanto sucedía en la sala. Consiguió a Salvatore persuadiendo a la chica de que no hiciera más ese trabajo: ella, una chica tan linda, estudiante universitaria, de tan buena familia ¿cómo va ser, Jesucristo? Mientras ella, abrazada a sus piernas, lloraba inconsolable.