lunes 27 de agosto de 2007
Epifanía
Cuando se abrió la puerta del ascensor, un hombre de estatura muy pequeña, y gordo como un saco de agua, nos preguntó si estábamos subiendo. Nosotros cruzamos unas miradas de inteligencia, y sonriendo muy discretamente le hicimos entender. Él se sonrió también y exclamó: ¡Qué bruto! Si estoy en el último piso. Se acomodó entre nosotros, al tiempo que la puerta se cerraba tras él; y, no sin estupor, advirtió, al darse la vuelta, que continuábamos subiendo ---el edificio se abría al cielo, espléndido como un tulipán, y dejaba ver, sólo para nosotros tres, el maravilloso suceso. Tiempo más tarde, reparé en el alcance y significado de aquella travesura. Hallándome solo dentro del mismo ascensor, y una vez que el aparato hubo llegado a la Planta Baja, al abrirse las puertas, una joven de presencia fascinante, formas rotundas apenas contenidas por su piel de fina seda y ojos resplandecientes como el ámbar, me preguntó: ¿baja? Yo procuré inhibir mi primer impulso, no obstante lo cual me quedé de pie frente al tablero, y con los ojos puyúos --- esto es, anticipando los ardores y oscuros gozos que nos aguardaban en ese abismo de candela deliciosa al que habríamos de precipitarnos--- le contesté: Sí, cómo no, pase adelante.
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